domingo, 25 de enero de 2009

Fecha de caducidad: 25/01/09

Creo que voy a cerrar el blog. Voy a cerrarlo, y no por aquello que me repito hasta la saciedad, la falta de tiempo. Voy a cerrarlo porque no progreso, porque no soy lo suficientemente madura.

Paz y amor.

jueves, 8 de enero de 2009

That way

Let it rains.

martes, 4 de noviembre de 2008

Espero que te guste

En múltiples momentos de nuestras vidas hemos hecho , ya, regalos. Regalos… hay de tantas clases… Regalos que haces, y te hacen, por aparentar que significas algo en sus vidas, regalos que resultan tan problemáticos para el que los hace como para el que los recibe, regalos que se llevan vidas, regalos que esconden lo inconfesable. Para bien, para mal, obsequiamos con cosas continuamente sin desearlo realmente. Le regalo algo porque ella lo hizo, le regalo algo porque me ha invitado a su cumpleaños –pero en el fondo no me importa lo más mínimo lo que haga con su vida-. Le regalo.. ¿para qué?.
Yo, personalmente, estoy cansada de tener que hacer regalos a gente que sé que tampoco me aprecia. Estoy cansada de recibir mentiras, sonrisas edulcoradas, llamadas programadas. No quiero tener que regalaros algo por invitarme a una fiesta a la que ni si quiera me ilusiona asistir.
Y esto viene porque he de comprar uno de esos regalos, sí. Para mí, uno especial. Un regalo a una persona que significa mucho en mi vida, un regalo que quiero hacer. Tengo que decidir. Tengo que decidir cómo transmitirle todo mi aprecio en un simple regalo. Estaba, o estoy, dispuesta a gastarme ciento cuarenta euros en el regalo de Víctor; estaba, o estoy, dispuesta a comprarle uno de esos Ipods chromáticos. Porque, a pesar de todo, le aprecio demasiado. Quizá uno de esos Ipods sea un regalo más propio de sus padres o de su pareja, quizá no se merezca un regalo así –eso me dicen- por cada uno de esos negros recuerdos. Quizá.
Sé, que él no es materialista y que podría hacerle feliz con cualquier tontería, sé qué va a hacerle mucho más feliz un simple beso de su novia que mis ciento cuarenta euros; pero la idea de regalárselo permanece al viento, como una bandera. Me dicen que no debo, eso me dicen.
Pero claro, no todo es hacer el regalo; no basta con eso. Intento imaginar qué sentirá él cuando lo vea, cuando advierta qué le ha regalado la amiga a la que tantas veces ha fallado, la amiga que olvida, la amiga que evita. Puede que se sienta en deuda conmigo y quiera devolvérmelo, puede que ni si quiera pretenda aceptar nada mío. No lo sé. Quisiera que lo desenvolviera y se lo guardara consigo, sin pensar, sin preguntarme, sin dudar. Para él, suyo; porque yo así lo he querido. ¿Por qué no?.
Y estoy desorientada, porque no sé qué debo regalar, ni si ir a su dieciocho cumpleaños. No sé qué intento comprar con ese Ipod realmente. No soy capaz de decidir, hoy.
¿Alguien me da su punto de vista?.

martes, 21 de octubre de 2008

El poder de un libro

Durante estos días de poco tiempo libre estoy releyendo un libro: Abzurdah. Llegó a España el mes pasado, si no me equivoco y lo compre, indudablemente. El libro cuenta en primera persona la vida de una chica, Cielo; en la que está presente la anorexia, la bulimia, el amor y, sin duda, la obsesión. Esta chica, con la que me llegué a sentir identificada en ciertos momentos, habla de su amor, Alejo, y le culpa de todos los males de su vida, de sus ganas de morir. Yo, lectora, me creí todo lo que Cielo contaba, sufría con ella y reflexionaba mucho. Me hizo y me hace meditar muchas cosas, ese libro.

Para mi sorpresa, esta tarde, encuentro un blog del amor de esta chica, Alejo (y el blog es realmente de él), donde cuenta su verdad de toda la historia, donde cuenta todo lo que esta chica posesiva y obsesionada le hizo pasar. Todo lo que él hizo por ella. A ver qué cuenta este tipejo, he pensado antes de comenzar con la, para mí atractiva, lectura. Con muchos prejuicios, me he sumergido en esas líneas por varias horas para descubrir, por sorpresa, que la historia de Cielito es una mentira. La chica no ha contado la versión real de los hechos, lo ha narrado como a ella le ha interesado, dejando claro que ella era la víctima, la que sufría, de toda la historia y que Alejo es la persona más perversa que nunca ha conocido.

Cielo me ha decepcionado, mucho. Me siento engañada, siento que han jugado con mis sentimientos, que se han burlado de mí. Sólo puedo verla como a una manipuladora, ahora; o como una pobre chica enferma. Atención, fama –lo que tanto deseaba- ya lo ha conseguido con su historia. Que sea feliz, pues.
Y agradezco que ese blog se haya cruzado en mi camino.

En cuanto al libro en si, no es un buen libro. No lo recomiendo especialmente, pero es la segunda vez que nado en sus puntos, comas y párrafos.

lunes, 6 de octubre de 2008

Latidos


Hace ya demasiados meses que pretendía escribir sobre mí, pero no había encontrado ni el momento ni las ganas, ni la predisposición adecuada, para hacerlo. Ahora estoy decidida a, por decirlo de algún modo, analizarme a mí misma; a mostrarme con palabras.

Me considero una persona difícil de entender y, quizá, de tratar. Dicen que hago mal cerrando demasiado mi círculo, que me equivoco al pensar que no voy a necesitar a esos a los que no dedico ni un segundo de mi vida; eso dicen. Yo, no quiero estar rodeada de gente inútil que hoy está conmigo y mañana se va. No es algo controlable, lo sé; pero sólo me cuido y procuro que mi vida sea cada vez más mía. Aprenderé, supongo; aunque ya hace un tiempo que considero que nunca aprendo. Me pregunto por qué doy una vez tras otra segundas oportunidades.

Nunca puedo decir todo lo que pienso -pensaré demasiado-, y creo que nadie puede hacerlo aunque se empeñe en jurarlo; a pesar de eso, opino bastante y exteriorizo los pensamientos suficientes e incluso, a veces, demasiados. Así, puedo presumir de sinceridad o eso creo. No miento ni creo que ocultar la verdad sea bueno en la vida, pero supongo que habrá momentos para todo. A pesar de eso, la preciada sinceridad no siempre me ha echado una mano.

Personalmente, no me considero rencorosa, pero quizá lo sea. No puedo olvidar nada que, en algún momento, me hayan hecho o le hayan hecho a alguien demasiado relevante para mí. Eso sí, perdono..

Soy una persona orgullosa, añadiéndole un “demasiado” de vez en cuando, pero he sido así desde que recuerdo. Mamá siempre me lo dice; y a pesar de que se considere defecto, o de que la mayoría así lo crea, yo no tengo intención de cambiar en este aspecto e incluso diría que, a veces, me gusta ser así. A veces pienso que el ser orgullosa no es más que un intento de protegerme o algo por el estilo, una reacción involuntaria que me crea una coraza necesaria. Por orgullo he llorado, por orgullo me he creado enemistades, por orgullo he entorpecido mi caminio tantas veces; por orgullo he perdido tanto…

Me cuesta mucho querer, también por orgullosa quizá. Necesito mucha confianza para querer, cada vez más. Pero cuando quiero mi estado de ánimo depende asquerosamente de la o las personas indicadas. Sé ser amiga, sé apoyar, sé escuchar, sé compartir, entender. Lo doy todo, de mis amigos depende gran parte de mi felicidad. A veces pienso que arriesgo demasiado y que no todos me corresponderán con lo mismo que doy, pero realmente no me importa demasiado. Es triste, es cruel, da asco; pero no me importa demasiado.

Impaciente, uno de mis defectos. La impaciencia me ahoga muy a menudo, y eso sí que me perjudica casi diariamente. Me frustro por impaciente, porque nada va al ritmo que yo pretendo; porque hay cosas que necesitan un tiempo para que salgan al gusto. No todo puede ser inmediato, ¿o sí?. A pesar de que lo sé, sigo siendo impaciente.

Perfeccionista, un defecto o virtud más -hay variedad de opiniones-. Para mí, un defecto. No me ha traído nada demasiado bueno hasta ahora. Me exijo demasiado, me presiono. Además, creo que al perfeccionismo se debe lo difícil que soy de sorprender y el gusto tan delicado que tengo para seleccionar cosas. Sí, soy difícil de sorprender. Demasiado. Me gustaría ser capaz de sorprenderme con más facilidad.

La creatividad ha sido algo valioso que he poseído desde niña. Siempre me ha gustado coger cuatro colorines y un lápiz para dibujar. Dibujaba habitaciones enormes con muchísimos peluches, varias niñas – hermanas- a las que les asignaba nombres, diálogos -una vida-; y animales. Siempre dibujaba animales. Todavía conservo muchísimos de estos dibujos porque no me gusta tirar las cosas. No sé la razón, pero siempre encuentro algún significado sentimental o pienso que a todo le encontraré utilidad algún día y, tiempo después, no me acuerdo ni de que lo tenía ni de dónde estaba la cosa en cuestión.

Siempre me ha gustado el orden. Poner las cosas en su sitio nunca me ha resultado una tarea pesada, pero todo cambia cuando tienes poco tiempo libre y este tiempo mamá quiere que lo dediques a quitar los ciento dos trastos que tienes sobre el escritorio de tu habitación. Mi habitación. Mi habitación es mía, mi mundo, mi vida; es demasiado. Pasaría horas en ella porque me siento más segura que en ningún otro lugar. Todo en ella me hace sentir bien, en paz; todo está de acuerdo conmigo.

Retomando la creatividad: siempre me gustó, y me gusta, dibujar; así que a los doce años aproximadamente comencé a dibujar manga con muchísimo optimismo y tiempo libre. Ahora dibujo menos, bastante menos. Además, me encanta la fotografía –hacer fotos y ver buenas fotos-, así como el mundo de Photoshop -que es en lo que más paso mis horas de descanso en casa- y Dreamweaver.

Me encantan los animales, sobre todo los felinos. El tigre más que ningún otro. Me gusta muchísimo ir descalza, mirar por la ventana cuando voy en autobús o en coche, los globos, la moda, la lectura, la informática, las horas infinitas de los sábados por la mañana viendo series absurdas de Disney Channel, Card Captor Sakura – he perdido la cuenta de las veces que he visto la serie entera- y Love Hina, Los Sims, las noches de verano, la brisa, las lluvias intensas y las tormentas, las mañanas primaverales, los domingos familiares, las tardes con mis primas pequeñas, la playa, las horas de música sobre la cama, Pocoyó, una mantita, Famous Last Words, los plastidecors, el silencio, Disney, Beli, My Chem, el Rock, el Punk, el Pop americano; me gusta colorear dibujos de niños, Abzurdah, decirle cuatro cosas al perro de la Nintendo DS de mi prima María – no muy a menudo -, el Trivial, el Tabú, el Uno, el Monopoli (sí, a pesar de que siempre gane mi tío); y tantas cosas.

¿Optimista o pesimista?. Ni uno ni el otro. Depende de demasiadas cosas como para que me posicione en uno de los dos lados, creo; pero no soy la típica persona que cree que va a aprobar un examen si no ha abierto el libro, ni que piensa que todo es posible. Todo no es posible, no nos equivoquemos.

Considero que tengo bastante personalidad, no me siento demasiado influida por la masa de la sociedad (aunque todos somos dirigidos al fin y al cabo), no soy dominable, tengo carácter (fuerte, a veces), tengo muy marcadas mis prioridades, odio que siempre me den la razón, no me gusta la falta de opinión, ni la pereza. No soy perezosa.

Podría tratar muchísimos otros de mis aspectos e incluso extender con creces los que he decidido presentar, pero tampoco quiero excederme escribiendo cosas demasiado personales que, quizá, escriba en otra entrada o se queden para siempre como un archivo de Microsoft Word en la parte más olvidada de la típica carpeta Mis documentos de Windows. Además, creo que va a resultar un poco pesado de leer dadas las mil trescientas palabras, aproximadamente, que llevo.

lunes, 1 de septiembre de 2008

De biblioteca

No sé si lo hacen todas las madres, pero la mía aprovecha la mínima oportunidad para presumir, para presumir de su hija. Supongo que será porque, como todos los padres de sus hijos, está orgullosa de mí. Y no me gusta. Yo no soy de las que publican cada éxito, no soy de las que le reservan un lugar inomisible al “yo” en cada oración. No busco protagonismo. Mamá se empeña, a pesar de que ayer le dije por enésima vez que no me gusta que me nombre tanto.

Presume, sobretodo, de los clásicos resultados académicos; de mi, dicen, facilidad para aprender idiomas, y de tantas pequeñeces. ¿Será una competición entre madres para ver quién tiene al hijo perfecto?. Presume, incluso, de aquello que me he trabajado yo sin su aprovación. Sin si apoyo. Me enerva.

Un ratón de biblioteca, dice a la gente que soy. Y lo dice siempre que puede, siempre que se presenta la palabra “libro” en cualquier conversación. No le importa si los que la acompañan son gente culta o analfabeta, no le importa nada. Tensa el arco y lo lanza, como una flecha afiladísima, pretendiendo generar esa estúpida envidia. No mamá, así no. Odio la expresión en sí, y, sobre todo, la odio porque considero que no sabe lo que dice. No sabe ni cuántos libros he leído ni nada sobre ellos. Se limita a pagar y a decirme: ¿otra vez a la librería?.

Mi familia nunca se ha preocupado en exceso de que adquiriera hábito de lectura. Nunca me forzaron a leer, ni me regalaron libros –no los quiero, habría pensado en aquel entonces- para mi cumpleaños. No tenían tiempo para eso, supongo. Resultaba más fácil –a los seis años - dejarme jugar con el ordenador. A eso, en el fondo, le debo mis conocimientos de informática y mi interés por ella. Recuerdo a mi padre frente a la pantalla del ordenador de sobremesa haciendo algo que yo no era capaz de comprender. Yo le observaba, desde un taburete. Estaba a su lado, viendo qué hacía; y me gustaba.

Así, hace relativamente pocos años que he comenzado a leer en serio y, sobretodo, a seleccionar a quién leer. A veces me presiono pensando que no he de perder tiempo con autores que, quizá, no son lo suficientemente buenos; dados los años sin leer que he pasado. Pienso que he de leer a los mejores para aprender a mayor velocidad, para que me resulte más productivo. Por eso, suelo elegir autores que escriban en nuestra lengua para que la lectura me enriquezca más. Quiero invertir, no perder tiempo –y con esto no quiero decir que leer un libro de autor estrangero sea perder el tiempo-. Me falta tanto sobre lo que leer, tanto por saber, tantísimo, que nunca sé qué libro escoger. Suelo leer novelas, pero a menudo pienso que quizá debería leer también otra clase de libros. De historia, pienso. Para, como digo, acelerar mi aprendizaje. Cuando pienso en esto siento cierta impotencia, porque sé que soy una inculta y que, quizá, no llegue a subir el escalón nunca. Demasiado mundo para una sola vida. Tomármelo con más calma, me he propuesto; disfrutar con la lectura.

Y debo darles las gracias por comprarme cuantos libros quiera, aunque mamá presuma insaciablemente. Aunque presuma.

domingo, 3 de agosto de 2008

A imagen del buen escritor


Dado que hoy me han pasado un capítulo de, quizá, una venidera novela, quiero escribir sobre los escritores aficionados, sobre aquellos que deciden, sin apenas pensar, que van a escribir un libro –normalmente esto, novelas- e incluso pretenden publicarlo. Quizá no sea una persona a la que se le permita hablar, y mucho menos escribir, sobre esto dada la falta de formación y experiencia que poseo; pero ya conozco a varias personas que tienen libros escritos, pretenden escribirlos o tienen la difícil tarea en mente y me ha apetecido opinar sobre el tema.

A mi forma de ver, un escritor necesita, sobre todo, cultura. Es inconcebible pretender escribir un libro sin una mínima formación cultural, y con “formación cultural” no me refiero a la mínima administrada por los colegios, institutos y demás; me refiero a la cultura que se adquiere leyendo, viendo mundo, tratando con gente, viviendo, creciendo y también escuchando. Pero sobre todo, leyendo.
El no culturizarse es cómodo. Si alguien tiene el propósito de escribir una novela y para ello es consciente de que ha de leerse otros diez libros, posiblemente deje el proyecto por pereza o falta de tiempo –quien no disponga de éste no es apto para escribir nada- . También argumentan lo cara que es la cultura: un libro, un viaje, una entrada a un museo, teatro, cine..; y estoy de acuerdo con ello, pero no dudo que muchos padres, aun sin poder llegar a fin de mes, compran a sus hijos –en navidad, cumpleaños o cuando sea- un juego para cualquier consola que fácilmente alcanza los sesenta euros. Sesenta euros son tres libros; pero claro, ni se sabe apreciar lo que proporciona la lectura ni los niños están orientados para saber leer.

La otra mitad es la de quien cree que está capacitado para idear y redactar una buena novela, o sólo novela, con los saberes que ya posee. A mi edad – reciente mayoría de edad- y a la de la grandísima mayoría de nuestra sociedad, la probabilidad de escribir una novela decente sin necesidad alguna de documentación es bastante baja, por no decir inexistente. No es sólo una historia lo que hay que tener.

Como ejemplo, mi tía. Marisa tendrá ahora unos cuarenta y cuatro años, y hace ya varios que decidió escribir una novela. Tenía tiempo, ha viajado, siempre ha sentido atracción por la cultura egipcia y, desde joven, los libros de Los cinco eran su droga particular. Escribió la novela, sí, una novela cuyo protagonista –Alf-, que reflejaba con total claridad a su hijo, vivía aventuras fantásticas relacionadas con una piedra mágica que se iluminaba de vez en cuando gracias a un ser que contenía –es de lo poco que recuerdo-. La redacción era pobre, viciosa, llena de faltas de ortografía –y es abogada-, con una trama que dejaba mucho que desear. La envió a varias editoriales y una de tantas le ofreció la posibilidad de publicarla. Hasta el momento no lo ha hecho. Quizá sea un buen libro de lectura juvenil y yo no lo sé apreciar; o no soy la lectora indicada, pero desde mi punto de vista eso no era una novela.

No soy escritora, ni erudita; pero creo que antes de comenzar a teclear es necesario estructurar la historia, visualizarla; tener claros los escenarios, saber qué conocimientos has de poseer para ser capaz de trasladarla a papel de forma adecuada y, sobre todo, reflexionar sobre si se está capacitado o no para hacerlo. Quizá este último punto sea omisible, porque es posible que nadie se vea capacitado para escribir una buena novela si se compara con los grandes escritores. Así, no creo que intentarlo sea perjudicial, pero se debe saber aceptar las críticas. Personalmente, cuando me deis vuestras novelas para que lea y opine, voy a juzgarlas objetivamente sin teneros en cuenta; porque aprecio un buen libro. Sólo os pido que leáis antes de cedérmelas.