lunes, 1 de septiembre de 2008

De biblioteca

No sé si lo hacen todas las madres, pero la mía aprovecha la mínima oportunidad para presumir, para presumir de su hija. Supongo que será porque, como todos los padres de sus hijos, está orgullosa de mí. Y no me gusta. Yo no soy de las que publican cada éxito, no soy de las que le reservan un lugar inomisible al “yo” en cada oración. No busco protagonismo. Mamá se empeña, a pesar de que ayer le dije por enésima vez que no me gusta que me nombre tanto.

Presume, sobretodo, de los clásicos resultados académicos; de mi, dicen, facilidad para aprender idiomas, y de tantas pequeñeces. ¿Será una competición entre madres para ver quién tiene al hijo perfecto?. Presume, incluso, de aquello que me he trabajado yo sin su aprovación. Sin si apoyo. Me enerva.

Un ratón de biblioteca, dice a la gente que soy. Y lo dice siempre que puede, siempre que se presenta la palabra “libro” en cualquier conversación. No le importa si los que la acompañan son gente culta o analfabeta, no le importa nada. Tensa el arco y lo lanza, como una flecha afiladísima, pretendiendo generar esa estúpida envidia. No mamá, así no. Odio la expresión en sí, y, sobre todo, la odio porque considero que no sabe lo que dice. No sabe ni cuántos libros he leído ni nada sobre ellos. Se limita a pagar y a decirme: ¿otra vez a la librería?.

Mi familia nunca se ha preocupado en exceso de que adquiriera hábito de lectura. Nunca me forzaron a leer, ni me regalaron libros –no los quiero, habría pensado en aquel entonces- para mi cumpleaños. No tenían tiempo para eso, supongo. Resultaba más fácil –a los seis años - dejarme jugar con el ordenador. A eso, en el fondo, le debo mis conocimientos de informática y mi interés por ella. Recuerdo a mi padre frente a la pantalla del ordenador de sobremesa haciendo algo que yo no era capaz de comprender. Yo le observaba, desde un taburete. Estaba a su lado, viendo qué hacía; y me gustaba.

Así, hace relativamente pocos años que he comenzado a leer en serio y, sobretodo, a seleccionar a quién leer. A veces me presiono pensando que no he de perder tiempo con autores que, quizá, no son lo suficientemente buenos; dados los años sin leer que he pasado. Pienso que he de leer a los mejores para aprender a mayor velocidad, para que me resulte más productivo. Por eso, suelo elegir autores que escriban en nuestra lengua para que la lectura me enriquezca más. Quiero invertir, no perder tiempo –y con esto no quiero decir que leer un libro de autor estrangero sea perder el tiempo-. Me falta tanto sobre lo que leer, tanto por saber, tantísimo, que nunca sé qué libro escoger. Suelo leer novelas, pero a menudo pienso que quizá debería leer también otra clase de libros. De historia, pienso. Para, como digo, acelerar mi aprendizaje. Cuando pienso en esto siento cierta impotencia, porque sé que soy una inculta y que, quizá, no llegue a subir el escalón nunca. Demasiado mundo para una sola vida. Tomármelo con más calma, me he propuesto; disfrutar con la lectura.

Y debo darles las gracias por comprarme cuantos libros quiera, aunque mamá presuma insaciablemente. Aunque presuma.