martes, 21 de octubre de 2008

El poder de un libro

Durante estos días de poco tiempo libre estoy releyendo un libro: Abzurdah. Llegó a España el mes pasado, si no me equivoco y lo compre, indudablemente. El libro cuenta en primera persona la vida de una chica, Cielo; en la que está presente la anorexia, la bulimia, el amor y, sin duda, la obsesión. Esta chica, con la que me llegué a sentir identificada en ciertos momentos, habla de su amor, Alejo, y le culpa de todos los males de su vida, de sus ganas de morir. Yo, lectora, me creí todo lo que Cielo contaba, sufría con ella y reflexionaba mucho. Me hizo y me hace meditar muchas cosas, ese libro.

Para mi sorpresa, esta tarde, encuentro un blog del amor de esta chica, Alejo (y el blog es realmente de él), donde cuenta su verdad de toda la historia, donde cuenta todo lo que esta chica posesiva y obsesionada le hizo pasar. Todo lo que él hizo por ella. A ver qué cuenta este tipejo, he pensado antes de comenzar con la, para mí atractiva, lectura. Con muchos prejuicios, me he sumergido en esas líneas por varias horas para descubrir, por sorpresa, que la historia de Cielito es una mentira. La chica no ha contado la versión real de los hechos, lo ha narrado como a ella le ha interesado, dejando claro que ella era la víctima, la que sufría, de toda la historia y que Alejo es la persona más perversa que nunca ha conocido.

Cielo me ha decepcionado, mucho. Me siento engañada, siento que han jugado con mis sentimientos, que se han burlado de mí. Sólo puedo verla como a una manipuladora, ahora; o como una pobre chica enferma. Atención, fama –lo que tanto deseaba- ya lo ha conseguido con su historia. Que sea feliz, pues.
Y agradezco que ese blog se haya cruzado en mi camino.

En cuanto al libro en si, no es un buen libro. No lo recomiendo especialmente, pero es la segunda vez que nado en sus puntos, comas y párrafos.

lunes, 6 de octubre de 2008

Latidos


Hace ya demasiados meses que pretendía escribir sobre mí, pero no había encontrado ni el momento ni las ganas, ni la predisposición adecuada, para hacerlo. Ahora estoy decidida a, por decirlo de algún modo, analizarme a mí misma; a mostrarme con palabras.

Me considero una persona difícil de entender y, quizá, de tratar. Dicen que hago mal cerrando demasiado mi círculo, que me equivoco al pensar que no voy a necesitar a esos a los que no dedico ni un segundo de mi vida; eso dicen. Yo, no quiero estar rodeada de gente inútil que hoy está conmigo y mañana se va. No es algo controlable, lo sé; pero sólo me cuido y procuro que mi vida sea cada vez más mía. Aprenderé, supongo; aunque ya hace un tiempo que considero que nunca aprendo. Me pregunto por qué doy una vez tras otra segundas oportunidades.

Nunca puedo decir todo lo que pienso -pensaré demasiado-, y creo que nadie puede hacerlo aunque se empeñe en jurarlo; a pesar de eso, opino bastante y exteriorizo los pensamientos suficientes e incluso, a veces, demasiados. Así, puedo presumir de sinceridad o eso creo. No miento ni creo que ocultar la verdad sea bueno en la vida, pero supongo que habrá momentos para todo. A pesar de eso, la preciada sinceridad no siempre me ha echado una mano.

Personalmente, no me considero rencorosa, pero quizá lo sea. No puedo olvidar nada que, en algún momento, me hayan hecho o le hayan hecho a alguien demasiado relevante para mí. Eso sí, perdono..

Soy una persona orgullosa, añadiéndole un “demasiado” de vez en cuando, pero he sido así desde que recuerdo. Mamá siempre me lo dice; y a pesar de que se considere defecto, o de que la mayoría así lo crea, yo no tengo intención de cambiar en este aspecto e incluso diría que, a veces, me gusta ser así. A veces pienso que el ser orgullosa no es más que un intento de protegerme o algo por el estilo, una reacción involuntaria que me crea una coraza necesaria. Por orgullo he llorado, por orgullo me he creado enemistades, por orgullo he entorpecido mi caminio tantas veces; por orgullo he perdido tanto…

Me cuesta mucho querer, también por orgullosa quizá. Necesito mucha confianza para querer, cada vez más. Pero cuando quiero mi estado de ánimo depende asquerosamente de la o las personas indicadas. Sé ser amiga, sé apoyar, sé escuchar, sé compartir, entender. Lo doy todo, de mis amigos depende gran parte de mi felicidad. A veces pienso que arriesgo demasiado y que no todos me corresponderán con lo mismo que doy, pero realmente no me importa demasiado. Es triste, es cruel, da asco; pero no me importa demasiado.

Impaciente, uno de mis defectos. La impaciencia me ahoga muy a menudo, y eso sí que me perjudica casi diariamente. Me frustro por impaciente, porque nada va al ritmo que yo pretendo; porque hay cosas que necesitan un tiempo para que salgan al gusto. No todo puede ser inmediato, ¿o sí?. A pesar de que lo sé, sigo siendo impaciente.

Perfeccionista, un defecto o virtud más -hay variedad de opiniones-. Para mí, un defecto. No me ha traído nada demasiado bueno hasta ahora. Me exijo demasiado, me presiono. Además, creo que al perfeccionismo se debe lo difícil que soy de sorprender y el gusto tan delicado que tengo para seleccionar cosas. Sí, soy difícil de sorprender. Demasiado. Me gustaría ser capaz de sorprenderme con más facilidad.

La creatividad ha sido algo valioso que he poseído desde niña. Siempre me ha gustado coger cuatro colorines y un lápiz para dibujar. Dibujaba habitaciones enormes con muchísimos peluches, varias niñas – hermanas- a las que les asignaba nombres, diálogos -una vida-; y animales. Siempre dibujaba animales. Todavía conservo muchísimos de estos dibujos porque no me gusta tirar las cosas. No sé la razón, pero siempre encuentro algún significado sentimental o pienso que a todo le encontraré utilidad algún día y, tiempo después, no me acuerdo ni de que lo tenía ni de dónde estaba la cosa en cuestión.

Siempre me ha gustado el orden. Poner las cosas en su sitio nunca me ha resultado una tarea pesada, pero todo cambia cuando tienes poco tiempo libre y este tiempo mamá quiere que lo dediques a quitar los ciento dos trastos que tienes sobre el escritorio de tu habitación. Mi habitación. Mi habitación es mía, mi mundo, mi vida; es demasiado. Pasaría horas en ella porque me siento más segura que en ningún otro lugar. Todo en ella me hace sentir bien, en paz; todo está de acuerdo conmigo.

Retomando la creatividad: siempre me gustó, y me gusta, dibujar; así que a los doce años aproximadamente comencé a dibujar manga con muchísimo optimismo y tiempo libre. Ahora dibujo menos, bastante menos. Además, me encanta la fotografía –hacer fotos y ver buenas fotos-, así como el mundo de Photoshop -que es en lo que más paso mis horas de descanso en casa- y Dreamweaver.

Me encantan los animales, sobre todo los felinos. El tigre más que ningún otro. Me gusta muchísimo ir descalza, mirar por la ventana cuando voy en autobús o en coche, los globos, la moda, la lectura, la informática, las horas infinitas de los sábados por la mañana viendo series absurdas de Disney Channel, Card Captor Sakura – he perdido la cuenta de las veces que he visto la serie entera- y Love Hina, Los Sims, las noches de verano, la brisa, las lluvias intensas y las tormentas, las mañanas primaverales, los domingos familiares, las tardes con mis primas pequeñas, la playa, las horas de música sobre la cama, Pocoyó, una mantita, Famous Last Words, los plastidecors, el silencio, Disney, Beli, My Chem, el Rock, el Punk, el Pop americano; me gusta colorear dibujos de niños, Abzurdah, decirle cuatro cosas al perro de la Nintendo DS de mi prima María – no muy a menudo -, el Trivial, el Tabú, el Uno, el Monopoli (sí, a pesar de que siempre gane mi tío); y tantas cosas.

¿Optimista o pesimista?. Ni uno ni el otro. Depende de demasiadas cosas como para que me posicione en uno de los dos lados, creo; pero no soy la típica persona que cree que va a aprobar un examen si no ha abierto el libro, ni que piensa que todo es posible. Todo no es posible, no nos equivoquemos.

Considero que tengo bastante personalidad, no me siento demasiado influida por la masa de la sociedad (aunque todos somos dirigidos al fin y al cabo), no soy dominable, tengo carácter (fuerte, a veces), tengo muy marcadas mis prioridades, odio que siempre me den la razón, no me gusta la falta de opinión, ni la pereza. No soy perezosa.

Podría tratar muchísimos otros de mis aspectos e incluso extender con creces los que he decidido presentar, pero tampoco quiero excederme escribiendo cosas demasiado personales que, quizá, escriba en otra entrada o se queden para siempre como un archivo de Microsoft Word en la parte más olvidada de la típica carpeta Mis documentos de Windows. Además, creo que va a resultar un poco pesado de leer dadas las mil trescientas palabras, aproximadamente, que llevo.